Capítulo I
Edrim, métete en casa.
Este es el relato de cómo dejé de ser quien era y me convertí en lo que ahora soy, un ser a cuya naturaleza me costó acostumbrarme pero que ahora se ha apoderado de mi por completo.
Ya no hay culpa ni remordimiento, sólo conmiseración, al fin y al cabo yo antes era como ellos.
Muchos años viví con sus gritos, sus caras desencajadas en mis pesadillas, hasta que fui vampiro por completo. 
El sueño del vampiro es plácido, casi como la propia muerte, aquella que hace tanto tiempo rocé débilmente con la punta de mis dedos.
      En aquel tiempo, nuestro tranquilo pueblo se había convertido en pocas semanas en un lugar sombrío.
A pesar de que la cálida primavera estaba ya más que instalada, al anochecer no quedaba un alma en la calle. Hacía semanas que todos temíamos al crepúsculo e incluso de día, los bosques que rodeaban la aldea se habían convertido en terreno vedado, territorio de caza de las criaturas que libraban su guerra allí por las noche y por el día se aprovisionaban de comida.
No les habíamos oído llegar, no supimos de donde salieron pero en pocas semanas todo el pueblo sabía de los ruidos en el bosque, del chocar de espadas, de los alaridos, de los árboles que caían sin que los hubiese golpeado un rayo…y de las desapariciones.
Uno a uno, todo aquel que osaba acercarse al bosque o que permanecía fuera de su casa al anochecer desaparecía sin dejar más rastro que alguna prenda de ropa. Personas y animales, nadie escapaba a la amenaza silenciosa.
Pasado algún tiempo comenzaron a verse extrañas figuras en el bosque. Se hablaba de extraños hombres y de bestias corpulentas que caminaban sobre dos patas y tenían fuego en los ojos. 
En un mes, la población de la aldea se había reducido a la mitad. Ya ni en casa se estaba a salvo. Una noche si y otra también se oían gritos y golpes en alguna de las casas.
De nada sirvieron los centinelas, salvo de cena para aquellas bestias. Hombres y mujeres armados se encargaban de montar guardia y eran pocos los que podían contarlo al día siguiente.
Dejar la aldea era la muerte segura ya que suponía atravesar el bosque y la ciudad más cercana ni siquiera merecía ese apelativo.

La desgracia se había cebado conmigo desde la infancia. A los 15 años estaba totalmente sola en el mundo.
Fueron unos amables vecinos quienes me tomaron bajo su protección a cambio de ocuparme de la casa. Siempre había tenido buena amistad con el hijo de mis nuevos padrinos, un chico dos años mayor que yo llamado Ókran. Vivir bajo el mismo techo precipitó las cosas aún más sólo 3 años más tarde Ókran y yo estabamos casados, viviendo en nuestra propia casita y sacando adelante nuestra propia granja.

Fue entonces cuando nuestro pueblo se encontró en el medio de la guerra entre vampiros y hombres lobo y se convirtió en su despensa.
 
Aquella noche Ókran estaba de guardia. Se encontraba muy afectado porque la noche anterior había desaparecido un amigo nuestro, para él era como su hermano.
Lleno de ira, salió resuelto a lograr que, al llegar el alba, no faltase nadie más…como todos los que habían pasado por la guardia. Pero nunca lo lograron, aquella noche tampoco. Ókran no regresó.
Al día siguiente los afortunados compañeros supervivientes me contaron que lo habían visto acercarse a una sombra que trataba de forzar la puerta de una casa y que esa sombra lo atrapó y se lo llevo arrastrando hacía el bosque como un perro que ha robado una prenda de su amo.
Trataron de consolarme. Me dijeron que no hiciera locuras, que me encerrase con llave y me protegiese, que me fuese a su casa a pasar la noche, pero rehusé. Yo ya había trazado mi plan. 

Mis primeros intentos de coger un caballo y adentrarme en el bosque fueron frustrados por mis vecinos que se quedaron conmigo todo el día.
 ¡Menuda pérdida de tiempo! Había pasado el día dormitando, ahogada por la pena, compadeciéndome de mi misma y de mi soledad en lugar de tomar medidas. Ahora el sol ya se estaba ocultando, pero por fin me habían dejado tranquila. Ahora nadie podría impedir que fuese a buscarlo. Nadie, hombre o bestia se iba a poner en mi camino. Ókran o lo que quedara de él iba a volver conmigo a nuestro hogar.
 
 Fui al establo y ensillé un caballo.
No me había percatado de que el sol ya no era más que un par de líneas rojas sobre el horizonte.
Estaba tan absorta y ciega en mi venganza, con una vieja espada mellada amarrada a la cintura y una daga en mi bota derecha, que no lo oí acercarse.
Fue el caballo, con su bailoteo agitado, el que me advirtió de que algo no andaba bien. Me giré y ví una figura.

-       ¿Dónde vas?- me preguntó. Reconocí su voz enseguida. El amigo perdido había vuelto. ¡Ókran se hubiese alegrado tanto!
Di gracias al cielo, le pregunté si había visto a mi esposo pero ya no dijo nada más, nada salvo “Edrim, métete en casa”. Lo repetía una y otra vez, como una letanía mientras se iba acercando. “Edrim, métete en casa. Edrim, métete en casa”…
Al principio no le entendía, luego miré a mi alrededor para buscar el peligro del que trataba de advertirme.
 El caballo arrancó la brida de mi mano y huyó desbocado.
Cuando volví la cabeza lo tenía justo delante. A la tenue luz del candil que había dejado en el suelo pude ver las lágrimas en sus ojos.
Me atrajo hacia si y me abrazó como había hecho tantas veces. Como cuando se despedía de Ókran y de mí para ir al mercado de la ciudad. 
Su cara estaba helada.
-        Yo no quiero hacerte esto – susurró- no puedo luchar más. Tal vez sea mejor así.


Continuará...

el universo lleno
de recuerdos donde las
almas viajeras
no descansan...















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